El hombre verde

from by Gervasio Goris

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lyrics

Muchas veces siento que mi vida se parece un poco a la de David Banner. Que tipo tan triste. Que historia sin fin.
A pesar de esos finales penumbrosos, siempre me gustó algo de ese hombre que se ponía verde por la injusticia o la violencia innecesaria. Esa musiquita del final te partía el corazón. El tipo que se aleja bajo la lluvia, o la llovizna, que es mas triste y a la vez mas penetrante. El viento que le pega la campera contra el pecho y el bolsito siempre al hombro.
Nunca se sabía adonde iba, ni que buscaba en realidad. Parecía andar por andar, lo cual tiene más sentido que otros sinsentidos que parecen lógicos y necesarios para muchos.
La cuestión es que el tipo a veces se volvía loco cuando veía que algo estaba mal. Por ejemplo, el iba de vuelta de lo de un tipo que le había dado laburo y, como ya se hacía de noche, se mete en un bar a comer un par de huevos revueltos con un café para bajarlos.
En eso, mientras le sirve, la joven mesera de pelo castaño y rizado le sonríe sutilmente, como un gesto que combinaba cansancio con simpatía. Y el se lo toma a bien, porque ella no le sonríe con dobles intenciones. Esto era evidente para David, pero a decir verdad, a ella si le caía simpático el forastero de los huevos revueltos.
Cuando estaba ya por irse del bar, la mesera le ofrece una segunda taza de café, que en los bares americanos casi siempre es de cortesía. Después de servirla, la chica se retira con la sonrisa de antes, pero ya un poco mas cansada. Entonces aparece un gordo barbudo, que se aproxima desde el borde de la barra, mientras lo observan dos amigotes mas flaquitos pero igualmente imbéciles.
El gordo le corta el paso a la mesera, y algo le dice, no se que pero algo como “¿Patti, cuando vamos a salir juntos preciosa?” o “¿Que es eso de andar sonriéndole a los idiotas que comen huevos, cuando debieras estar sirviéndome a mi, a Bill y a Ted?”.
Ella le sonríe, ya sin ganas, pero no le dice nada e intenta esquivarlo. Desde la esquina, donde esta aún sentado, David observa todo mientras deja la taza sobre la mesa, presintiendo lo que va a pasar, que es siempre lo mismo.
Cuando la mesera pasa por al lado del gordo, este la agarra con fuerza del brazo y le dice algo mas sucio, que no se entiende bien, pero que a todos nos repugna. Ahí es cuando el cantinero le pide a los muchachos que no joroben y que se retiren dejándola en paz a Patti. Lindo nombre, le va bien a una mesera, pensó David.
El gordo entonces lo mira con ira, y sin soltar a la mesera, le ordena a sus amigotes que le den una lección al cantinero sobre “porque no debes meterte con el gordo matón del pueblo”.
Para esto, David ya se había levantado para intentar evitar una pelea y tratar de llegar a un acuerdo pacífico. Les dice una frase sinsentido como “¿Cual es el problema muchachos?”, y ellos se la toman a mal parece, (sobretodo el gordo que ya le tenía rabia por lo de la sonrisita) porque lo miran los tres con los ojos hinchados de odio, como si David los hubiera insultado o estuviera desafiándolos.
Entonces el gordo larga a la chica y los otros dos flacuchines dejan en paz al cantinero, porque ahora si tienen un motivo para ensañarse con el forastero de los huevos. David no da un paso atrás, pero sabe que quiere intentar evitar la pelea de algún modo. Va a decirles algo, pero el gordo lo empuja antes y el sale rodando hasta dar con la cabeza contra la pata de una mesa.
Entonces le caen los dos flaquitos y le empiezan a dar de patadas, que lo ves al tipo como sufre y se aguanta. Trata de aguantar porque sabe lo que viene, y no le gusta, pero ya no hay vuelta atrás. Finalmente el gordo lo agarra del pantalón y lo lleva arrastrando por el piso hasta el fondo del local. Mientras mira cada baldosa con detalle, los ojos se le van poniendo amarillos y la transformación comienza de un modo imperceptible para el gordo, que lo levanta del fundillo para luego revolearlo desde la puerta de servicio hacia los tachos de basura hediondos.
Cuando cae entre las bolsas apestosas, oye las risotadas del gordo y sus secuaces y ya no aguanta mas . Sabe que aunque no quiera, el hombre verde esta por volver. Era una sensación que no le gustaba, pero que tampoco podía evitar.
Comenzaban entonces a cambiarle los ojos de un modo mas pronunciado. Se le hinchaban los brazos y también veías como se le rompía toda la camisa. Siempre pensé: que presupuesto ser David Banner. Nunca le duraba la ropa al pobre. Yo no sé porque no usaba ropa elastizada, equipos de gimnasia, no sé.
La cuestión que ya esta verde y grandote mientras se levanta entre las bolsas con olor a podrido y entonces encara hacia la puerta por la que lo había sacado el gordo unos minutos antes.
No golpea, ni se fija si esta abierta. De un manotazo la voltea y adentro se hace el silencio. Ni la música de fondo queda, como si hubiera un switch entre las bisagras de la puerta y la fonola.
Entonces tenés que ver la cara del gordo cuando el hombre verde enfila derecho hacia donde el esta parado. Los flaquitos que se quieren escapar, mientras el hombre verde los agarra a los dos con una sola mano. Lo ves al gordo intenta escapar, desesperado, pero el le tira con lo primero que tiene a mano, que son los dos flacuchines cara de nada.
Caen los tres revueltos, como los huevos que se había comido David, debajo del blanco de dardos, que casi siempre esta a un costado de la barra. Entonces con mas calma, pero con la ira intacta, los toma a los tres juntos-los dos flacos en un brazo y el gordo en otro- y los acuesta sobre un extremo de la barra, justo al lado del tubo de bronce que sirve para tirar el chopp. Los gira bruscamente para ponerlos boca arriba y podes ver la cara de pánico de los tres matones de barrio. Empieza a doblar el caño, como si fuera uno de esos de bronce finito, hasta dejarlos aprisionados como si les hubiera puesto un candado en el cuello.
Para esto la mesera, el cantinero y los cinco parroquianos que aun quedaban en el local, observan todo con asombro desde el otro extremo de la barra, donde se habían congregado en forma de espectadores de esta demostración de justicia. Cuando termina de doblar el caño, el hombre verde mira fugazmente hacia donde esta la chica, que tiene los ojos húmedos, y sin pensarlo dos veces se retira por donde había entrado David y no por donde lo habían sacado el gordo y sus amigos. Ella se queda callada, aun absorta por la emoción. Nunca nadie la había defendido de aquella forma.
En el camino al hotel o a la casa en la que le prestan un cuarto se vuelve David Banner otra vez y se le nota todo el cansancio de esa metamorfosis que odia de manera irremediable.
Durante la noche el sueño lo repara. Debe soñar que es un niño y que todavía no ha cometido el error que le jodería la vida. Ese experimento fallido debía salvar al mundo y no joderlo a él para siempre. Que mala pata.
Se despierta de buen ánimo y desayuna con un hambre voraz. Se prepara entonces para el escape porque sabe que tampoco podrá quedarse en ese pueblo. Los matones lo andarán buscando y de seguro no iban a dejarlo en paz, que en definitiva es lo único que David Banner quiere. Casi siempre se detiene a pensar en la chica, o como en este caso, espera unas horas para pasar a verla por el bar cuando ella entre a trabajar. Solo quería despedirse y agradecerle su buena atención. Claro que no había visto a ningún hombre verde, que curioso.
Entonces solo queda irse por la llovizna con la musiquita triste del piano que lo hace noble y desdichado a la vez. Camina con la cámara que se aleja y las letras que van para arriba hasta el próximo comercial.

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from Hombre Verde, released January 12, 2016

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Gervasio Goris Miami, Florida

Gervasio Goris es un escritor y musico argentino. Estudio Economia y Ciencia Politica en la Universidad de Buenos Aires y tras graduarse en 1999 se dedico a escribir musica. En el 2003 tomo su velero y decidio subir navegando hasta Miami donde vive el resto de su familia. Hoy se dedica a escribir cuentos y novela sin abandonar jamas su pasion por las canciones. ... more

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