El ultimo sacramento

from by Gervasio Goris

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Miró por la ventana. A través de la reja se podía percibir la penumbra proveniente del patio principal. Seis años había estado esperando este momento. Seis años mirando por la misma ventana, viendo la misma luz, con la misma intensidad de 100 vatios, proviniendo del mismo patio en el que ya nunca más iría a estirar las piernas de tres a tres y cuarto.
La monja estaría ya por venir y esto lo reconfortaba un poco. A veces uno puede reconfortarse con las cosas mas increíbles si la situación lo amerita. No era creyente, pero ansiaba esta última visita de la madre Marta, como si en ella se le fuera la salvación o la condena al patíbulo. El jurado ya lo había condenado seis años antes, pero Dios aún tendría que juzgarlo. Estas palabras, que parecían provenir de la madre Marta, provenían en realidad de su propia conciencia.
No había podido probar su inocencia: el chico muerto, las manchas de sangre en su zapato izquierdo, su pésima abogada asignada por el estado, su condena. Seis años esperando para morir es bastante. Pensó que equivaldrían a unos trece o catorce de los años de estar afuera. Pocas noches había podido dormir de corrido desde que lo habían encerrado en esa celda de tres por uno y medio. Casi siempre se quedaba en vela hasta las tres o cuatro de la mañana cuando al fin podía conciliar el sueño, que de todos modos no le duraba.
Muchas noches se despertaba sobresaltado por alguna pesadilla. Soñaba que había escapado y que doce perros babosos lo corrían hasta que caía en una zanja de la que no podía salir. Los doce perros entonces lo rodeaban ladrando, pero sin entrar en contacto con el agua putrefacta y el fango espeso del fondo del zanja.
Otras veces soñaba que un águila lo visitaba en su celda. Este sueño le gustaba a medias, porque siempre creía estar despierto y que el águila de verdad había llegado hasta la prisión para transmitirle algo, pero siempre terminaba engañado y cuando el creía que el secreto del ave le sería develado, la bestia saltaba sobre su cara picándole los ojos y las orejas. Al despertar siempre se tocaba para verificar que nada lo hubiera picado. Podía, aún estando despierto, sentir el dolor de las garras del águila clavándose en su pecho mientras el pico hurgaba en la cavidad de sus ojos. Era un dolor horrible e inexplicable. Un dolor como el que habrían sentido los padres del niño hacía seis años. Terrible e inexplicable.
La madre Marta golpeó su reja. Eran las cuatro y cuarenta y siete. En solo dos horas lo vendrían a buscar los guardias que lo arrastrarían los doscientos diez y siete pasos que ya no podría contar hasta el pabellón de desahuciados. Luego los dos pisos para abajo por escalera y la recta final hacia la horca. Lo había imaginado mil veces y ahora el momento real y verdadero de su propia ejecución estaba a punto de llegar. A las siete estaría muerto.
A no ser que… no, la monja no diría lo mismo que su conciencia, ni traería un indulto milagroso de último momento. El jurado ya lo había condenado pero el sabía que solo Dios podría juzgarlo. Por algún motivo esta era la única idea que lograba reconfortarlo. Ahora que la madre estaba con el, se aferraba aún mas a esta idea de que al menos Dios podría ver su inocencia. Un converso de último minuto podríamos decir. Un creyente por conveniencia si se quiere.
La madre ingresó a la celda y se sentó en el banquito de siempre, pero esta vez sin mirarlo a la cara. Fue breve y concisa. Le dijo que venía solamente a administrarle el sacramento de la extremaunción. En verdad solo los curas podían administrarlo, pero hacía doce años que no entraba un cura al presidio, desde que un recluso había ahorcado a un padrecito de tan solo veinte años tras discutir sobre el demonio y el origen del pecado. Desde entonces era la madre Marta la que venía enviada por la diócesis. Había administrado treinta y cinco extremaunciones y ese día completaría su tercera docena de condenados a muerte que aseguran su inocencia hasta el último minuto.
La madre se preguntó mientras se sentaba si ese sería al fin el día en que vería un arrepentido. A Dios le agradan los arrepentidos, pensó. El la miró con pena mientras ella oraba en silencio por su alma. Lo encomendaba a Dios y le pedía misericordia para el. Entonces le hizo repetir estas palabras:
—Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastara para sanarme.
El las repitió sin pensar en el sentido de las mismas. Ya la madre Marta estaba por irse cuando el la tomó del brazo y le pregunto:
—¿Usted me cree madre? Usted debe saber que soy inocente. Yo no maté a ese chico.
Y entonces las palabras de la monja cayeron pesadas como párpados.
—Yo te creo hijo mío, pero solo Dios podrá juzgarte. Ahora es mejor que te arrepientas de todos tus pecados. Es tu última oportunidad para hacerlo.
El no dijo nada. Solo cayó de rodillas, abrazando a la madre a la altura del vientre, como tantas veces lo había hecho el chico muerto con su madre. Mientras cerraban la reja la madre hecho un vistazo al manojo de músculos y tendones que se revolcaba golpeando contra las paredes. No iba a ver a un arrepentido ese día. Le tocaría aguardar a la próxima ejecución.
Dos horas mas tarde la puerta se volvió a abrir. Los pies fueron arrastrados por los guardias, como de costumbre. Lo apoyaron contra la baranda de la escalera para tomar un breve descanso y continuar su camino hacia la horca. Un modo horrible de morir.
Ya en el patíbulo pudo ver a la madre Marta, al Supervisor General del presidio, a los padres del chico que se abrazaban con lágrimas en los ojos como si fuera su hijo al que fueran a ahorcar en unos instantes. También estaba el Secretario de la Fiscalía y el medico del presidio que certificaría su muerte y firmaría también su acta de defunción.
No pudo abrir la boca cuando le preguntaron por su último deseo, aunque llego a pensar en su madre y en que le hubiera encantado saborear por última vez un helado de frutilla. Cuando la capucha le cubrió la cara supo al fin que la hora le había llegado. Las siete en punto del miércoles 14 de Septiembre.
De repente todo se torno mas claro en aquella oscuridad. Esos segundo de silencio le hicieron muy bien. Pudo percibir las respiraciones agitadas de los presentes. Oyó el crujir de las botas del verdugo mientras se dirigía hacia la manivela que lo arrojaría cuatro metros hacia abajo. Sintió el vacío bajo los pies y el aceleramiento de una caída que le resultó interminable. Sintió sus pelos moviéndose hacia arriba por efecto de la inercia. Sintió la soga en el cuello y sus manos húmedas con la sangre un niño de tan solo nueve años.

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from Hombre Verde, released January 12, 2016

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Gervasio Goris Miami, Florida

Gervasio Goris es un escritor y musico argentino. Estudio Economia y Ciencia Politica en la Universidad de Buenos Aires y tras graduarse en 1999 se dedico a escribir musica. En el 2003 tomo su velero y decidio subir navegando hasta Miami donde vive el resto de su familia. Hoy se dedica a escribir cuentos y novela sin abandonar jamas su pasion por las canciones. ... more

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