Localidades improbables

from by Gervasio Goris

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“Una línea es una sucesión infinita de puntos”, pensó Augusto. Esa vía frente a el, era una sucesión infinita de localidades improbables, de las cuales Pipinas era tan solo una.
Desde 1977 que el tren había dejado de pasar por la estación y el pueblo se había ido transformando paulatinamente en una caricatura vernácula de las películas del lejano oeste. Pero en Pipinas no había cowboys, ni cardos rodando por la calle principal. Solo quedaba gente, la poca que había decidido no irse desde el cierre de la estación. Tantas veces había escuchado a su abuela comentando sobre el inmenso flujo de gente que pasaba por el pueblo en los días en que llegaba el tren a Pipinas. En los sesenta llego a pasar tres veces por semana, en lo que podríamos decir, fue la época dorada del pueblo. Su propio abuelo materno había trabajado en la boletería de la estación por mas de veinticinco años, hasta el día en que el infarto lo sorprendió dándole el vuelto a Don Bonifacio Maure.
Augusto ya tenía treinta y siete años, y desde los quince que trabajaba en el local de reparación de radios que había heredado de su padre. Su papá se había mudado a Pipinas desde Juan Lacaze, donde había aprendido el oficio de reparación de radios a transistor de un negro que todos llamaban Boteco. También su padre le había narrado incansablemente lo distinto que era Pipinas en aquel entonces. Los domingos en la plaza del pueblo. La vez que los visitó el Presidente Arrambide y se alojó en la Posada del Cangrejo. El resto eran solo recuerdos, casi todos de la época del tren.
Augusto había ido a la capital tan solo dos veces: para la final del mundial y para ver morir a su padre en el Hospital de Clínicas. Desde entonces no había vuelto ya que debió hacerse cargo del local de reparación para poder darle sustento a su pobre madre.
Fue en esa soledad desesperada de pueblo que una tarde encontró su razón de ser, el motivo por el cual nunca se iría de Pipinas. Habían pasado ya tres meses desde el entierro de su padre y entonces pensó que sería oportuno y productivo ordenar el tallercito que se encontraba detrás del local de atención al publico. Ese tallercito permanecía cerrado hacía años, por lo que el polvo y la humedad, lo cubrían todo. Mientras iba deshaciéndose de viejos repuestos que ya nadie iba a necesitar, dio con un cajón que se encontraba oculto detrás de dos tachos de pintura de veinte litros. Al abrirlo no sabía que allí dentro encontraría, tal vez la razón por la que había permanecido en Pipinas. Una Sanyo del Sr. Arroyo fechada Agosto de 1967. Dos Spika sin nombre, pero con fechas previas al 59, tal vez provenientes del Uruguay. Una Arvin de los años cincuenta dejada por la esposa del almacenero Fabricio Azure en Abril de 1971.
Así fue descubriendo una increíble colección de radios a transistor que su padre había ido guardando. Trabajos que los clientes por un motivo u otro nunca habían pasado a recoger. Cada radio era una historia. Detrás de cada una de ellas había un secreto motivo para que estuvieran allí archivadas en ese cajón de la Central de Reparación de Radios de Pipinas.
La primera lágrima corrió por la mejilla de Augusto. Se acordó de su papá y, por primera vez en veinticuatro años, volvió a correr esa salada humedad por su rostro. No lloraba desde el día en que partió el ultimo tren a Capital desde Pipinas. Pero este no era un llanto igual. No era un llanto con dolor, ni un llanto por haber perdido a su padre tan tempranamente. Era otra sensación inexplicable, como si en ese cajón olvidado, tras las latas de pintura hubiera hallado no solo una cantidad de radios a transistor, sino mas bien la razón de su existencia.
Tantas veces se había preguntado que estaba haciendo aún en Pipinas. Todos sus primos se había ido. Todos sus amigos de la infancia estaban viviendo en la Capital o en el exterior. Sentía que solo el había quedado en Pipinas, como si fuera el ultimo espécimen de una especie en extinción. No tenía esposa ni hijos. Su única novia se había ido a estudiar a Córdoba y no había regresado mas nunca. En su última carta le había escrito que ella no tenía ya nada en común con ese pueblo.
Augusto en cambio, sentía que tenia su destino atado a Pipinas. Aun después de que cerraron la estación, luego de la muerte de su padre, aun tras la partida de sus primos y sus amigos. Ante el constante abandono encontraba siempre motivos para quedarse. No sabía bien porque, pero el sabía que se quedaría en Pipinas para siempre. Muchas veces cuando algún primo volvía de visita se encontraba repitiendo las mismas frases:  “Y… quien va a ocuparse de mamá”, o “El negocio solo no se atiende”. Sus primos siempre lo miraban con una mezcla de pena y admiración. Ellos también extrañaban algo de la vida en Pipinas. Había algo que en la Capital nunca hallarían.
Eso mismo fue lo que Augusto encontró en ese cajón perdido tras las latas. Algo que en la Capital nunca hallaría. Una razón. Tal vez, la única razón.
Mientras desempolvaba una vieja Zenith Trans-Oceanic 7000 perteneciente al Doctor Diller, la idea lo golpeó como un martillazo en la sien. Esas radios habían sido dejadas allí por un motivo. Eran un documento que estaba aguardando para ser descubierto y el lo había logrado desenterrar para ahora si enseñárselo al mundo. Este hallazgo debía ser compartido con el resto de la humanidad. De esto no cabía la menor duda.
En breve Augusto abriría el primer “Museo de la Radio”. Imaginaba la gente llegando desde la capital en ómnibus, en auto o en moto. Los medios lo entrevistarían, le preguntarían por el origen de los aparatos, sobre su historia y sobres sus dueños. Es que este no sería tan solo un museo sobre la tecnología, ya muerta, de la radio a transistor. Sería un museo de la historia de esos aparatos y sus dueños. Un museo de los motivos que llevaron al arribo de las radios a ese cajón. Un museo único e inexistente.
Su madre lo apoyo incondicionalmente en el emprendimiento. Decidieron transformar el living de la casa en la sala de exposiciones. El zaguán seria la entrada y el baño que se encontraba al lado de la cocina seria el que utilizarían los visitantes del museo. No fue difícil construir las vitrinas. Hubo que mudar los muebles al taller y cambiar los cuadros de lugar. Además en el frente de la casa pintaron en letras negras: Museo de la Radio.
Los vecinos extrañados comenzaron a preguntar por la fecha de apertura. Augusto determino que seria adecuado inaugurarlo el 18 de Junio, fecha de nacimiento de su padre. Quedaban tres semanas.
Se enviaron invitaciones impresas al diario local, al Intendente de la ciudad y, por vía verbal, a todos los vecinos de Pipinas. Llego el día 18  y todo estaba listo. Abrieron a  las diez y sin ningún emotivo acto, los vecinos pudieron comenzar a admirar la exposición. Veintisiete aparatos de radio a transistor de catorce marcas diferentes. Las fechas de fabricación iban desde 1948 hasta 1975. Una colección única e improbable, tal vez tan improbable como el oficio de Augusto y la propia localidad de Pipinas.
A eso de la una de la tarde pasó el Intendente, mientras iba camino a su religiosa siesta de la tarde. La prensa local mandó a su único reportero, quien entrevisto a Augusto por más de veinte minutos. Augusto y su madre se sentían realizados. Los últimos en llegar fueron los primos que llegaron en un micro de la Capital a las seis de la tarde. El museo se cerró a las ocho y antes de cenar Augusto decidió ir a dar una vuelta.
Sus pasos lo llevaron hasta la estación donde había trabajado su abuelo. Se sentó al borde del anden y miro esa vía interminable por la cual tantos habían llegado a Pipinas. Esa misma vía, que años antes, había traído su padre desde Juan Lacaze. Esa infinidad de puntos improbables que se hallaban desconectados unos de otros desde el cierre del ferrocarril.
Cerro sus ojos e imaginó esa estación en los años cincuenta, en la era en que las radios a transistor eran el articulo mas codiciado por los hogares modernos. En ese sueño consciente vio llegar el tren de la Capital, vio como no echaba tanto humo como el imaginaba. Vio bajar a su padre del segundo vagón, tan joven como en las fotos en blanco y negro que conservaba su madre. También lo vio caminando directamente hacia donde él estaba, con su amplia sonrisa. Sintió su inconfundible presencia cuando se detuvo frente a él. Entonces percibió el abrazo de su padre que venia a agradecerle por la apertura de un museo que el mismo había soñado tantos años antes.

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from Hombre Verde, released January 12, 2016

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Gervasio Goris Miami, Florida

Gervasio Goris es un escritor y musico argentino. Estudio Economia y Ciencia Politica en la Universidad de Buenos Aires y tras graduarse en 1999 se dedico a escribir musica. En el 2003 tomo su velero y decidio subir navegando hasta Miami donde vive el resto de su familia. Hoy se dedica a escribir cuentos y novela sin abandonar jamas su pasion por las canciones. ... more

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