Si el auto hablara

from by Gervasio Goris

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Se levanto con el sueño vívido aún. Había ma-tado a un hombre. No sabía a quien, pero en ese baúl imaginario a una cuadra de la casa que lo había al-bergado por tantos años y que ahora era edificio de departamentos, había un cuerpo esperándolo.
En su sueño, su amigo Adrián iba a ayudarlo a cubrir el crimen. Era policía y sabría mejor que el como encubrir la evidencia mejor que el, o al menos eso suponía el en su inexperiencia criminal onírica.
Eran las siete y cuarto y el sueño lo había des-velado. Todavía quedaban tres cuartos de hora para que sonara el despertador. Decidió levantarse en si-lencio, para no despertar a su mujer. Pensó en lo ab-surdos que eran la mayoría de los sueños, pero lo real que le había parecido esa cuchillada en el pecho de su víctima soñada. Mientras preparaba el café decidió que lo mejor sería no contarle el sueño a Ana. A ella le encantaba interpretar sus sueños y buscarle un significado siempre rebuscado y obscuro, que inevi-tablemente lo dejaba mal parado. Este no era un sue-ño para contar.
Asesinato, muerte. No sabía bien porque ha-bía matado a ese extraño en una casa que no existía ya hacía años, en un barrio que sería siempre el suyo aunque estuviera a ocho horas de avión. Pensó, sin ningún sentido, que lo mas sensato seria llamar a Adrián. En Buenos Aires ya eran las ocho y media, una hora prudente para hacer el llamado. No hablaba con él desde el cumpleaños de Carlos, durante su ul-tima visita. En aquella ocasión todavía lo notaba muy afectado por la muerte de su padre. Sin pensarlo de-masiado tomo el teléfono y marcó el 011-544-11.Del otro lado se escuchó.
—Hoooola
Así contestaba Adrián su teléfono. Era impo-sible no reconocer esa voz y esa forma de atender los llamados. El clásico saludo no había cambiado, lo cual logró tranquilizarlo apenas un poco. No sabía que decirle, no hablaba con él hacia meses de modo que inicio la conversación de la forma mas absurda, como si aún estuviera envuelto en el sueño.
—Adrián, soy yo Pedro. Disculpá que te mo-leste, es que tengo un problema. Me parece que maté a alguien, pero fue un accidente… fue en un sueño.
Adrián no respondió.
—Adri… ¿Me escuchás? No se que hacer. El cuerpo lo dejamos frente a la vía, adentro del baúl del auto donde antes vivía la vieja de la casa prefabrica-da. Vos no tuviste nada que ver, pero…
El llamado se cortó de pronto y Pedro se que-dó pensando en que habría pasado y que estaría pen-sando Adrián ante tanta incoherencia. Volvió a discar 011-54-11. Adrián atendió ofuscado esta vez. No hizo su habitual saludo.
—¡No vuelvas a llamarme nunca más!–y corto el llamado de manera abrupta.
Pedro se quedó pensando en las cientos de ve-ces que Adrián lo habría pasado a buscar para jugar a la pelota o cuando, años mas tarde, le tocaba bocina con el Escort rojo para salir a bailar o dar una vuelta en auto nomas. En ese instante le volvió una imagen del sueño a su mente: el cuerpo lo habían cargado en el baúl del Escort y así lo habían llevado hasta el otro lado de la vía, a tan solo dos cuadras cortas. Cuando iban a descargarlo pasaba un patrullero y allí se des-pertó entre frases absurdas. En el sueño, Adrián que-ría poner el cadáver nuevamente en el baúl del auto mientras que Pedro, que era inexperto en la materia, proponía dejarlo allí detrás del terraplén nomas. También recordó que la navaja, aun manchada le ro-zaba la pierna dentro de su bolsillo mientras ocurría este debate criminal entre viejos amigos de la infan-cia.
Decidió olvidar la cuestión y salir temprano al trabajo. Esa noche lo llamo Carlos, que rara vez lo llamaba larga distancia. Con el tampoco hablaba des-de su cumpleaños. La noticia lo sacudió: Adrián esta-ba preso. Parecía ser que lo venían siguiendo los de Asuntos Internos por la desaparición de un Comisa-rio. Esa misma tarde habían encontrado el cuerpo del comisario dentro del baúl del Escort de Adrián.
—¿Te acordás del Escort? Yo pensé que lo ha-bía vendido, pero parece ser que lo tenía guardado en el taller de su abuelo en Villa del Parque. Si ese auto hablara… ¿Te acordás como salíamos siempre en ese auto? Si le habremos hecho kilómetros juntos… ¿Y ahora que hacemos? No se que hacer, chabón.
Pedro balbuceo un par de ideas sin sentido y le corto excusándose de que lo estaban llamando en la otra línea. Esa noche no pudo dormir bien. Se des-pertaba entre sueños. Soñaba con el Escort y con Adrián que le decía:
—Yo te ayudo, pero acordate que fuiste vos el que lo pinchaste.
Todo iba cerrando en la cabeza de Pedro. Adrián no había matado al Comisario. Sin duda lo es-taban acusando de un crimen que no había cometido, como a los de Brigada A.
Dos días mas tarde estaba en Buenos Aires. Estaba convencido de que su amigo era inocente. No había podido hablar con su cómplice del subcons-ciente nuevamente ya que se encontraba, como les gusta decir a los policías en la tele, incomunicado.
Ni bien llego, hablo por teléfono con el her-mano de Adrián, que también trabajaba en la fuerza y por medio de el pudo conseguirle una entrevista con los investigadores aduciendo que sabía algo sobre el caso. Entro en las oficinas de Asuntos Internos den-tro del Departamento Central de Policía. Lo espera-ban dos gordos en un despacho sucio y desordenado. Comenzó con su relato, pero no duró mucho. Quisie-ron terminar con la entrevista ni bien les contó que la evidencia con la que contaba era un sueño que había tenido dos noches antes. Los dos gordos se rieron de manera ostentosa, burlándose de el. Pero la cara les cambió de golpe cuando les pregunto sobre el llama-do.
—¿Que llamado?—preguntaron entre nervio-sos y asustados.
—El que le hice Adrián el día que descubrie-ron el cuerpo.
—Señor, eso no es posible. Su amigo se en-cuentra detenido desde hace una semana. No pudo haber hablado con Adrián el día que descubrimos el cuerpo.
—¿Y como llegaron al auto?
Ahí mismo lo sacaron a empujones del despa-cho. Pedro no quería callarse, pero prefirió no hacer mas bulla porque sabía como eran las cosas en Ar-gentina.
Caminó por Moreno hacia el lado de la 9 de Julio. En la esquina de Salta se detuvo mientras espe-raba el semáforo, pensando que por allí alguna vez habrían pasado con el Escort. Mientras trataba de re-cordar a que boliche habrían ido, sintió el frío en las costillas. Se desplomó sobre el asfalto.
Mientras le sacaban la billetera del pantalón escucho como el sujeto le decía claramente al oído:
—Esto te pasa por soñar pelotudeces.
Se quedo mirando unas nubes mientras los ojos se le iban llenando de sangre y el pavimento se humedecía. Justo antes de desvanecerse pensó en la frase de Carlitos.

Si ese auto hablara…

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from Hombre Verde, released January 12, 2016

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Gervasio Goris Miami, Florida

Gervasio Goris es un escritor y musico argentino. Estudio Economia y Ciencia Politica en la Universidad de Buenos Aires y tras graduarse en 1999 se dedico a escribir musica. En el 2003 tomo su velero y decidio subir navegando hasta Miami donde vive el resto de su familia. Hoy se dedica a escribir cuentos y novela sin abandonar jamas su pasion por las canciones. ... more

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